Caídas fatales

Caídas fatales | Leandro Forti | Sobre el margen blog


There are dignified stupidities, 
and there are heroic stupidities, 
and there is such a thing as stupid stupidities
Werner Herzog: The White Diamond 

 
 Todavía me parece increíble que, en una actividad de bungee jumping, tres instructores hayan arrojado, desde un puente, a una joven brasileña de 21 años, sin haberla asegurado con una cuerda elástica para evitar su caída contra el suelo. Supe del accidente hace una semana, porque se multiplicó en los portales informativos. Cada mínimo dato que se fue conociendo con el curso de los días me resultó más sugerente. Este microrrelato, para mí, oscila entre otro magnífico ejemplar de la estupidez humana y una historia de horror de los mejores escritores del género. 

 Cada vez que miro, en el video viral, cómo dos hombres levantan sobre sus cabezas a María, quien adopta la postura del avioncito, mientras un tercero observa la maniobra, sin advertir la ausencia de la cuerda de seguridad, que se encuentra enrollada detrás de él, me resulta espeluznante. Sería cómico si fuera una escena de Los Tres Chiflados, porque la empresa se llama Entre cuerdas. En sus declaraciones judiciales, los detenidos alegan que padecen una «niebla mental». No recuerdan a quién le correspondía la última comprobación del arnés… Tampoco la persona que filma advirtió, a tiempo, el desastre. Después del lanzamiento, todos empezaron a gritar “la cuerda, la cuerda”. 

 La escena trágica, mirada con distancia narrativa, parece el ritual de un sacrificio. Posesos por algo inasible, tres hombres arrojan a una mujer desde 30 metros, en un sitio al que los brasileños llaman Ponte do Esqueleto: un viaducto ferroviario, inconcluso desde hace más de tres décadas. Inevitable citar relatos como Los buques suicidantes de Quiroga, donde un sobreviviente cuenta cómo la nueva tripulación que ocupó un buque abandonado se arrojó repentinamente al mar; todos desaparecieron, envueltos en una especie de sonambulismo que los dominaba. El tópico se repite con acierto en el manga Falling, de Junji Ito: los jóvenes de un pueblo se levantan por la noche en trance y desaparecen para luego reaparecer… como una repentina lluvia de cuerpos. 

 Con respecto al hecho real, sucedido en el Ponte do Esqueleto, cualquiera con sentido común se limitará (con razón) a decir que se trató de tres estúpidos que se apresuraron para terminar con una larga hilera de gente ansiosa por obtener una experiencia adrenalínica. Al repetir (una y otra vez) la absurda secuencia homicida me resulta más verosímil creer en fuerzas extrañas. Horas antes, la profesora de educación física había publicado en Instagram una foto que, junto con una frase retórica, ilustraba su destino final: «Quem foi o doido que deixou eu vir pular de uma ponte???». Una enfermera pudo asistir a María Eduarda Rodrigues de Freitas ya en el suelo, pero murió en el hospital por las consecuencias de la caída. 

 Al día siguiente, en las Grutas do Spar, Rosemary Garcia, con 59 años, iba a practicar rapel. Caminaba hacia el punto de anclaje para descender por la caverna principal, pero decidió detener el paso para aplicarse repelente; cuando Rosemary levantó una pierna, su pie de apoyo resbaló y cayó al precipicio con todo el equipo de protección encima (casco, guantes, arnés). En este mundo, la gravedad es el imán de la muerte, salvo que se tenga el cálculo de Carly García. Concebimos estos hechos insólitos como inherentes a las actividades de riesgo. Sin embargo, Buñel nos mostró en El perro andaluz (1929) que un tranquilo paseo en bicicleta puede terminar mal. Todo equilibrio es frágil. La altura es relativa: resbalarse en el baño también puede convertirse en una caída trágica. Nuestra vida cotidiana no está exenta de estos percances, incluso a la inversa, como sucede con la vaca de Un cuento chino (2011). 

Un avión sobrevuela Londres | Sobre el margen blo

 Recuerdo un hecho que leí en un libro sobre curiosidades bélicas. Sucedió a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. El 3 de septiembre de 1939, Inglaterra entró a la contienda contra el Tercer Reich. Para entonces, las autoridades de la isla habían ordenado que, en caso de alarma aérea, las ciudades se apagaran completamente. En esa primera noche, se escuchó la sirena prevista. La oscuridad cayó sobre la urbe como un dominó caótico. Sin embargo, una casa londinense de Harley Street seguía encendida. Para la táctica evasiva, esa luz era tan delatora como un cigarrillo en una trinchera. Entonces, un agente de la Metropolitan Police, George Southworth (el encargado de que se cumpliese aquella orden), se acercó hasta la vivienda y tocó el timbre. Nadie contestó a este segundo aviso. Frente a la ventana abierta del edificio, al policía se le ocurrió subir por una tubería externa de la fachada para entrar y apagar esa luz rebelde. En esa misión estaba, cuando, trepando, un mal movimiento de su pie lo hizo tambalear: cayó y su cabeza golpeó contra un bloque de piedra. Con 25 años, Southworth se convirtió en la primera víctima británica de la guerra. En cuanto a la alarma de aquella noche, resultó que fue tan sólo un avión francés que había perdido su rumbo. 

 La noticia de Grutas do Spar pertenece a otra saga. Me refiero a la tendencia de exhibirse frente a un público virtual más que de retratarse para el recuerdo íntimo. El año pasado, en China, en el monte Gongga, otro alpinista, un tal Hong, de 32 años, se quitó el arnés y la cuerda que lo aseguraba para retratarse con su smartphone: se resbaló y se cayó desde cinco mil metros de altura. El video dura 12 segundos. Los hombres que llevan la cámara lo miran (y nosotros también lo vemos) deslizarse, cabeza abajo, por la nieve, como si se hubiera lanzado en palomita hacia el abismo. Si no supiera que Hong va de cara a la muerte, pensaría que se trata del gesto impulsivo de una broma. Este tipo de accidentes ya son un género noticioso. El archivo es amplio. Podemos citar el caso ruso de Elizaveta Gushchina. Luego de un salto exitoso de bungee jumping, quiso volver a la plataforma para «sacarse una selfie como recuerdo». Así que, victoriosa, subió nuevamente. Esta vez sin las cuerdas de seguridad. Ya se sabe: perdió el equilibrio y cayó desde 90 metros. Era el día de su cumpleaños y se convirtió también en el día de su muerte. Su hijo Nikita la vio en su descenso fatal. 

 Hace mucho, escribí en La ciudad reencontrada (2012) que la imagen de nuestra época no era tanto la de Narciso, sino la de Tales de Mileto. Los dispositivos electrónicos nos distraen del entorno inmediato a niveles asombrosos. Al parecer, también nos inducen a la imprudencia súbita. Menciono otro hecho. En la zona de Barranca de los Lobos (Mar del Plata), la periodista Leticia Lembi, de 33 años, fue noticia porque se acercó, con unos amigos, hasta el borde de un acantilado para fotografiarse. Según las últimas personas que la vieron en ese mirador, se estaba acomodando para retratarse, perdió el equilibrio y cayó, desde 25 metros, hacia las rocas de la playa. Caídas insólitas hubo siempre, quizá la novedad sea la causa y su registro visual, aunque no estoy seguro. Lo cierto es que nunca dejan de afectarme. Además de claustrofobia, padezco temor a las alturas; no sé desde cuándo, porque de chico no lo sentía, pero noto que se incrementó con las décadas. Ciertamente, nunca escalaré los Gasherbrum. 

 De manera que sólo me queda cavilar sobre las caídas y, mientras rastreaba las otras noticias que recordaba haber leído, encontré un breve ensayo de Andy Kirkpatrick sobre la muerte de Balin Miller, en el Valle de Yosemite, California. Hacia octubre de 2025, el alpinista estadounidense de 23 años transmitió en directo su caída por TikTok cuando, después de escalar 915 metros, ya en su descenso, haciendo rapel por El Capitán, su cuerda de seguridad siguió deslizándose por el mecanismo sin que algún nudo la detuviera. En su momento, miré esa sencilla tragedia viral: una caída menos espectacular que la de Gruber en Die Hard (1988), aunque verdadera e increíble. La mirada experimentada de Kirkpatrick en The Killing Pause le aporta profundidad a ese hecho. Contra toda simpleza anota: «It wasn’t a rookie error, it was the opposite, a masters error». Su tesis es que, como la mayoría de los escaladores, Miller tuvo un exceso de confianza: apresurado y cómodo con su pericia técnica, no se tomó el tiempo necesario para revisar los detalles de su maniobra. Bajó la guardia antes de lo debido. 

 Por otra parte, Kirkpatrick critica nuestro contexto cotidiano. El video de la caída fatal, la gente comentándolo sobradamente y el mundo virtual donde también vivimos se entrelazan para generar un efecto narcótico: la muerte se reduce a mero contenido de entretenimiento que dura segundos en una pantalla antes de que sea desplazado por otra cosa. Sospecho que tiene razón. Sin embargo, este fenómeno (antes llamado posmoderno) tiene sus antecedentes, que no se reducen a las redes sociales, sino que se extienden a la televisión y al discurso periodístico de los diarios industriales del siglo XIX, con sus saltos de una página a otra, aunque el soporte tuviera secciones delimitadas para cada tema. Podríamos conjeturar que las novedades de esta época se encuentran en la búsqueda riesgosa de la originalidad, en captar la atención del público sobre los límites de la existencia, en cruzar el umbral de la prudencia, en perpetuarse con una imagen al límite. Tampoco me convence lo que digo. 

Collage de Franz Reichelt | Sobre el margen blog


 En cualquier caso, siempre nos conviene recordar a Ícaro y su desgracia mitológica. Prescindir de la prudencia aristotélica como virtud es un tema de siglos. Daré un último ejemplo que representa la obstinación de una idea. Franz Reichelt era un sastre húngaro que había emigrado a París en 1898, donde alquiló un departamento en la calle Gaillon para abrir un taller. Allí logró éxito en lo suyo. Para 1911, obtuvo un renombre y la ciudadanía francesa. Ahora conocido como Henry François, empezó a incursionar en trajes para aviadores. Perseguía un diseño de paracaídas que los salvara en caso de emergencia. Inspirado en los trabajos de Leonardo, termina su vestimenta redentora. Primero, prueba su prototipo lanzando maniquíes desde el quinto piso de su edificio. Después, ya obsesionado con que su invento funcionara en las altas alturas, tuvo la gran idea de probarlo directamente en la Torre Eiffel, pero la pésima decisión de ponerse él mismo su estrafalario traje y tirarse desde el primer piso del monumento. Hacia 1912, obtuvo el permiso de la Prefectura de Policía para hacerlo. La mañana del 4 de febrero, desoyendo las advertencias de los sensatos, Reichelt sube por la estructura. Arriba una cámara lo filma. El sastre mira hacia abajo, supera la vacilación frente al vacío, salta y le confía su destino al traje de pájaro que inventó. El éxito parisino que consiguió en el mundo de la moda no se extrapola a este nuevo emprendimiento. 

 Otra cámara, apostada abajo de la torre, filmó su caída y el hueco que dejó en el suelo, tras haber recorrido 57 metros en vertical. Por supuesto, el hombre fue noticia. Las imágenes se conservan hasta hoy y es la primera muerte que se registró en una cinta de cine. En fin, podríamos terminar el relato acá, pero esto nunca termina. A principios de este siglo XXI, un joven noruego de 31 años repitió la escena voladora. Decidió subir con otros a la misma torre para filmar el anuncio de una marca de ropa deportiva. Un salto desde el segundo piso sería parte de la promoción. La distancia es de 115 metros. Esta vez, sin el aval de la policía, el paracaidista, con una cámara en su casco, se entrega al vértigo que le ofrece la altura, pero ya en el aire de la noche, como si fuera tomado por el destino o la imprudencia, queda atrapado entre los hierros fatales de la estructura.

Caídas fatales por Leandro Forti está bajo una licencia CC BY-NC-SA 4.0
Las imágenes fueron generadas con Gemini y editadas con GIMP.

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