La fórmula de la lectura

Lectura, Escritura, Leandro Forti, Sobre el margen
  
 ¿Qué es leer? ¿Cuáles son los significados de esta práctica cultural? ¿Cuál es la analogía de este acto disruptivo en la vida de los lectores? ¿Qué implica una lectura auténtica sobre los textos y el mundo? Este artículo reflexiona sobre la lectura y la escritura. Una invitación para decidirse a experimentar la emancipación a través de las palabras.




I

¿Quién duda de los beneficios de leer? Incluso las personas que fingen haber quemado más de una pestaña proclaman los dones otorgados por la lectura. Nadie descree de la recompensa, aunque la desestime. Todo se ha dicho. Leer es cultivar el intelecto. Sí, claro. Leer educa la sensibilidad. Seguro. Leer es participar de la creación literaria. Exacto. Leer es un camino que conduce a habitar otros espacios y otros tiempos. Por supuesto. Leer es escuchar con los ojos a los muertos y conversar con ellos a la distancia. Genial. Es de un poema de Quevedo.

Aquel poeta español del siglo XVII se refiere a la lectura silenciosa. A diferencia de la lectura en voz alta, nadie como mediador comenta las palabras del otro, se produce un enfrentamiento solitario con la escritura, pero nunca la soledad es completa. Roger Chartier (2001) estudió esas dos variantes y rescata cómo empezó a experimentarse en una determinada época el “encanto peligroso” de leer en silencio: una práctica que acerca en un instante mágico el mundo del texto y el mundo del lector. La lectura es un acercamiento distante con un otro (o con los otros).

En ese intercambio simbólico, leer es incorporar entramados de sentidos, que son los puntos de partida para interpretar la realidad de un modo más complejo. Las lecturas auténticas contribuyen a incrementar nuestra biblioteca interna. Aquellas son redes de sentido que permiten atrapar las expresiones sutiles del mundo. En palabras de Michèle Petit (2001:57): “Leer no nos separa del mundo. Nos introduce en él de manera diferente”. La lectura permite (re)elaborar las experiencias vitales. En una trama de palabras, nos objetivamos.

Por otro lado, Paulo Freire (2008:105) destaca que “la lectura del mundo precede siempre a la lectura de la palabra y la lectura de ésta implica la continuidad de la lectura de aquél”. De esta manera, leer es participar de un círculo interpretativo. Además, para el educador brasileño el acto de leer “implica siempre percepción crítica, interpretación y ‘reescritura’ de lo leído”. Por lo tanto, en toda buena lectura hay tensiones, o por lo menos en las que proponen un diálogo que rompe con lo cotidiano. En consecuencia, leer de un modo auténtico suele convertirse en un desafío.

Según Chartier (1999:178-79), hay dos tipos fundamentales de textos: “los que enriquecen la vida y los que permiten reevaluar y ver de manera distinta nuestro mundo”. En este sentido, ambos proponen “instrumentos, herramientas críticas, maneras de ver, de pensar, de situarse” que permitirán tomar distancia con “lo más habitual, obligatorio y espontáneo”. De modo que leer es una maniobra para apropiarse de memorias, ideas, preguntas, sentires, visiones, bálsamos, fe, sonidos, imposibles. La lectura es una contienda abierta para apropiarse de algo. Entonces, podría afirmarse que se trata de la disputa física por una posesión. Leer es enfrentarse a los textos.

  El ejercicio de la lectura no es tanto la analogía de lo que sucede en un partido de tenis, como sugiere el escritor Guillermo Martínez (2001). Hay otra imagen menos elegante y más potente que esa en la que dos jugadores, mediados por una red, se tiran la pelota. Leer es un scrum de rugby: un cuerpo a cuerpo semiótico donde las fuerzas estratégicas de cada parte se componen de los múltiples textos internalizados que sostienen esa pugna. Las lecturas son esos movimientos de avance y retroceso en el campo de juego, sin posiciones fijas ni conquistadas para siempre.

II

La lectura es emancipación, aunque, para lograr una mayor autonomía, por sí sola resulta una fórmula incompleta. Freire (2008:101) subraya “la importancia del acto de leer y de escribir, en el fondo imposibles de dicotomizar”. También lo señala Chartier (1999:27): “El texto transmite en su lectura (al menos es lo que piensan los productores de textos) un orden, una disciplina, una forma de coacción. Por el contrario, la escritura procura la posibilidad de una libertad al ser comunicación, intercambio, posibilidad de escapar al orden patriarcal, matrimonial o familiar”.

Quedarse sólo en la lectura es resolver parte de la ecuación. Leer es el complemento de escribir. Esta complementariedad es la que se advierte en Los colores de las flores (Santesmases, 2010) La lectura intensa que hace Diego en sus diversas formas termina en la “palabra propia”: en una escritura que refleja (que concreta) esas lecturas textuales y del mundo inmediato. Además, en ese cortometraje se explicita que leer es una experiencia física. No se lee sólo con los ojos, sino con todo el cuerpo y con los discursos que metabolizamos en nuestra historia subjetiva.

Convertirse en lector es construirse, o sea, implica desarrollar un hábito y un repertorio de habilidades, como, por ejemplo, aprender a descubrir las estrategias textuales de un autor, crear sentidos renovados, vivir entre líneas. La lectura auténtica conlleva el esfuerzo de crecer para convertirse en el lector de una obra. No se trata de someterse entre lágrimas a los azotes de un rebenque en la espalda roja. El lector se distingue por el placer que encuentra en ese acto: su voluntad es la intriga de quien persigue las huellas para descifrar enigmas. Para sufrir ya está el resto del mundo. La lectura tiene que seguir siendo una forma de placer vital.

Una de esas formas es el derecho a ejercitar un poder especial. Leer es también practicar ese poder que resulta tenebroso para los escritores: la impunidad de juzgar arbitrariamente los textos. Uno de los secretos goces del lector es aplicar su criterio sobre las obras: su grandiosa falta de respeto o la reverencia ante lo que siempre se encuentra expuesto a la mirada del otro. Ese derecho exclusivo no sólo para leer o no leer, sino qué se lee finalmente en un texto (incluso las "malinterpretaciones"). La invitación a un libre juego interpretativo.

En síntesis, la lectura es diálogo con otros a la distancia, es confrontarse con el yo reflejado en otras voces, es dejar transportarse imaginariamente a otro tiempo y espacio, es incorporar redes de sentido para captar el habla del mundo de un modo más complejo, es apropiación, es aprendizaje de un pensamiento crítico, es el complemento de la escritura, es parte de la construcción de uno mismo como lector, es el derecho a ejercer un poder secreto como una de las formas del placer cotidiano, pero, ante todo, leer es la experiencia de leer.

Referencias

  • Chartier, Roger. (1999). Cultura escrita, literatura e historia: coacciones transgredidas y libertades restringidas. Conversaciones de Roger Chartier con Carlos Aguirre Anaya, Jesús Anaya Rosique, Daniel Goldin y Antonio Saborit. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Chartier, Roger. (2001). “Lecturas y lectores ‘populares’ desde el Renacimiento hasta la época clásica”. En Cavallo, Guglielmo; Chartier, Roger (directores). Historia de la lectura en el mundo occidental. Madrid: Taurus.
  • Freire, Paulo. (2008). “La importancia del acto de leer” [1981]. En La importancia de leer y el proceso de liberación. México: Siglo XXI.
  • Martínez, Guillermo. (2001). “Elogio de la dificultad”. En Clarín, 24 de abril, suplemento de Cultura.
  • Los colores de las flores [cortometraje] Dirección y guión de Miguel Santesmases. Madrid: Bosalay Producciones, 2010 (4:08 min.).
  • Petit, Michèle. (2001). Lecturas: del espacio íntimo al espacio público. México: Fondo de Cultura Económica.

Comentarios